Thursday, January 12, 2006


Camaleón a tu Obra


De seguro soy cambiante. Lo reconozco de inmediato para así evitar malos entendidos, equivocaciones, interpretaciones erróneas de las líneas que a continuación escribo.
Aclaro de paso que no soy adicto a esta suerte de dicotomía en la personalidad. Créanme que no es de mi agrado interpretar varios personajes a la vez. Significa toneladas de distinto maquillaje sobre la cara, cambios bruscos de vestuario... despojarse de la piel de uno mismo, por más que la obra represente algún atractivo.
Pero me pasa. Suelo actuar como camaleón que, de tanto en tanto, ve necesario botar la cáscara, cambiar de careta. Ya sea por peligro, comodidad, felicidad, tristeza e/o incomprensión.
Ya lo dije, no cambio por que sí o por antojo. Lo de esta noche no es la excepción.
Me veo forzado, así lo siento. Todo parecía ir viento en popa, pero era eso, sólo una apariencia.
Yo sé que las personas somos distintas, en cuanto a pensar y obrar. Lo que me molesta, y duele para ser honestos, es no estar en sintonía con esas distintas formas. O mejor dicho, que no estén en sintonía conmigo. Me refiero a aquellas personas que quiero o estimo, no a una masa uniforme de seres humanos que no conozco. Y no lo hago por egoísmo, eso de querer que escuchen, digan o piensen lo mismo que yo.
No trato de formar un ejército de camaleones dispuestos interpretar sólo un personaje o de cambiar sólo a un color, el mío. Sino más bien, siento que todo aquello que entrego no tiene importancia para el o los otros. Es como si yo estuviese demasiado comprometido con la obra y el personaje, mientras que el resto del elenco ni siquiera se ha leído el preámbulo del libreto.
Me lastima decir mis líneas y recibir como respuesta una telaraña de letras. Desnudar lo que sientes, comprometiendo con sangre cuanto quieres y extrañas sólo para escuchar el grito del silencio que otorga justamente lo que piensas: el otro a trapeado con agua la tinta de los labios, tu tinta, tus labios. A cortado tus palabras y las ha metido a una gran canasta llena de voces distintas, donde la tuya se pierde en el vacío y luego muere de frío.
Recuerdo cuando todo se presentó vestido de plata con brillos de estrella, de puntos y comas de azúcar más miel. Por eso me siento engañado. Pero ya lo entendí.
Nadie habló de interpretar al personaje principal de la obra. Para ella no era más que parte del elenco, de la escenografía. Una flor de grandes colores que brotó sin previo aviso de entre los matorrales. Que fue cortada por capricho, y que se guarda tras bastidores cuando enfrente no se tiene más que la nube y sombra de una necesidad no atendida, desesperada por cambiar de ropas y de aire.
Pequé de ingenuo. Sufro las consecuencias de botar mis espinas, de no tener buen oído y mirada profunda. De tener anhelos y sueños que ya no corren, que ya vencieron. De ser idealista y entregar todo cuando, por lo general, recibo nada o muy poco sabiendo que ya escasean sujetos como yo.
Con dolor, confieso que si me hubiese dado cuenta de esto, de seguro lo habría pensado una, dos, tres, muchas más veces antes de subir al escenario. Antes de besar y besar incansablemente este trago de sabores dulces y amargos, que me acorrala, y hace adicto.
Por eso digo que hay motivos, razones suficientes para entender el por qué del viejo maquillaje, o de la actitud camaleónica. Y si estos no son suficientes para complacer o convencer a pocos, muchos o todos; pues que así sea, a lo menos para mi sí lo son, y por hoy con eso me basta.




1 Comments:

At 10:00 PM, Blogger .Antes.de.mi. said...

Te manejas bastante al escribir.
Sin duda un texto interesante

 

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