Entre la luz y la sombra
La vida de Daniela Tapia transita entre silencios y gritos que intentan de forma desesperada, ser parte de una historia donde el abandono, la resignación y el dolor son protagonistas.
Fernando Díaz V.
Detrás de sus anteojos, da la sensación que alguien intenta desesperadamente salir. A veces no lo hace por miedo, otras, porque sencillamente no le interesa. Daniela se pasa el día tratando de ocultar las huellas que deja la contradicción en su vida, y muchas otras veces, se encarga de que algunas permanezcan frescas.
Aunque el deseo de ser otra persona la supera, justo cuando ha estado a punto de tirar todo por la borda; surgen los miedos que desde pequeña la han perseguido y forjado su personalidad.
Del ruido al silencio
Llanto y risa se confunden en una infancia marcada, por una parte, entre la felicidad de tener una hermana gemela, y por otra, en el tormento de no tener estabilidad familiar, en gran medida, por problemas económicos.
Confidentes y amigas, Daniela junto a su hermana Francisca, crean una especie de burbuja, un mundo aparte que les asegura protección del exterior, de los gritos y peleas de sus padres.
La “Dani” - como la llaman quienes la conocen más de cerca – dedica gran parte de su infancia a la lectura en vez de salir a jugar a la calle con niños de su edad.
“Siempre fui reservada... distinta a los demás, prefería un libro a jugar... para mí nunca fue una prioridad tener amigos”, salvo los que le presentaba francisca.
Encerrada en su castillo de libros alejó, poco a poco, todo aquello que la rodeaba, inclusive a sus padres.
Bastaba con una palabra de aliento, un te quiero, un abrazo por parte de ellos y hubiesen podido entrar en su castillo, ser parte de su vida sin siquiera tocar la puerta.
Mientras a la madre le permitió acercarse, en gran medida porque demostró preocupación; al padre le negó toda posibilidad.
“Nunca tuve relación con él. Nos hizo mucho daño“, comenta un poco asustada, dejando en claro que las imágenes de aquellos años permanecen frescas en la memoria. Heridas que aún no sanan y que, espera, sólo el tiempo logrará cicatrizar.
Los gritos son suyos
Aun cuando todo siguió igual, y Daniela procuró no relacionarse con sus compañeras, el colegio marca una etapa importante en su vida.
Convencida de que es la Religión, por medio de una educación de mala calidad, la que imposibilita la movilidad social de los sectores más desposeídos; se declara atea y abraza los ideales del comunismo.
Decidida a cambiar la situación, o por lo menos intentarlo, crea la Acción revolucionaria Secundaria (ARS) y Mochila rebelde; espacios donde se da el gusto de criticar al modelo económico y al sistema educacional, en un intento por crear conciencia y una mirada crítica de los problemas entre sus compañeras.
Panfletos y su participación en manifestaciones junto a otros establecimientos educacionales, dan cuenta de una cara desconocida hasta entonces y que le vale el reconocimiento y el respeto de quienes la rodean.
Súbitamente, el silencio que la ha caracterizado durante gran parte de su vida es sorprendido y reemplazado por el grito de demandas sociales a las que no puede huir.
A su descontento por la situación que vive, se suma la rabia y dolor que siente desde hace muchos años y que encuentran en estos movimientos una vía de escape.
Ya en el último año de escolaridad egresa pensando en trabajar. La opción de ir a la Universidad es lejana “ porque la calidad del colegio era malísima”, comenta.
De sorpresa, a dolor. Su padre una vez más estaba dispuesto a entrar sin consentimiento en su vida. Quería a toda costa que trabajara para ayudar en la casa. Estudiar era una pérdida de tiempo y él no estaba dispuesto a dejar pasar las horas sin sacar provecho.
La emoción por estudiar Periodismo, pronto se apaga. Lo suyo es la matemática, los números, la contabilidad... ella lo sabe, pero se resigna. Tendrá su posibilidad cuando dependa de ella y de nadie más. Por ahora se entrega. Daniela opta, una vez mas, por el silencio.
Dentro del castillo
Sólo ha ido a una fiesta en su vida, hace ya 8 años, y se aburrió tanto que se quedó dormida, cuenta entre risas y un poco de vergüenza. Prefiere pasar los fines de semana estudiando, ayudando a su hermana o, simplemente, leyendo un libro de Daniela Eltit o Pedro Lemebel.
Aunque no se da mucho tiempo para ella y para pensar en lo que quiere, reconoce tener un ritual para liberar tensiones. “Suelo prender velas en medio de la oscuridad del living - su sitio favorito de la casa –y dejar mi mente en blanco”.
Ritual que muchas veces es reemplazado por la voz de Francesca Ancarolla, su cantante favorita, cargada de jazz y soul. Una especia de folklore moderno desde el cual experimenta nuevas sensaciones y olvida, por un instante, todo lo que la preocupa.
Un tema que le incomoda es el amor. A pesar de no haber pololeado y sentido “mariposas o cosquilleos”, aclara que la parte física le da lo mismo.
Si hay algo que la seduce, es lo que piensa la gente. Amante de las ideas diferentes, se debate entre la belleza de Di Caprio – su película favorita es Titanic – y el extraño mundo de Alexander De Large, protagonista de la Naranja Mecánica.
De la pasión, amor incondicional y la capacidad de sacrificarse por el ser amado, pasa rápidamente a otra en la que el protagonista es víctima de la violencia de la sociedad y donde el odio es tema central de la película.
Una mezcla de dos voces que gritan fuerte dentro de ella y que esperan su oportunidad por ser escuchadas. Unas mas que otras.
Pero es su turno. La “dani” se toma su tiempo para escoger a las personas. Observa y escucha con atención, pero tiene miedo. Miedo a las palabras, actitudes, gestos de los otros. Nunca ha salido a “jugar” con gente de su edad, solo con aquella de los libros.
Pero ellos son distintos. Se divierten a su ritmo, a su gusto. Comparten un lenguaje, saben su secreto.
Los de afuera pueden no ser así, como puede que sí ¿Cómo elegir entonces? ¿Ruido o Silencio?
Daniela no está para apuestas, nunca lo ha estado. Es mucho lo que está en juego como para arriesgarse, así que prefiere seguir tal cual. El mundo ordinario no le acomoda.
Opta por el abandono. Se olvida para siempre de ella, de sus gritos. ya no vale la pena resistirse, pensar, menos soñar con una nueva oportunidad... siente que es tarde, muy tarde para ello.